¿Y si fuiste elegido para ESTE momento? La lección de Ester
Para un tiempo como este Hay momentos en los que la vida nos pide una respuesta para la que no nos sentimos preparados. Vemos una necesidad, comprendemos que algo nos corresponde hacer y, al mismo tiempo, descubrimos cuánto miedo hay en nosotros. Quisiéramos tener más fuerzas, más claridad, alguna garantía de que todo saldrá bien. Sin embargo, la fe suele comenzar allí, en ese lugar donde todavía temblamos y aprendemos a poner lo que somos en manos de Dios. A veces, un gesto pequeño nos ayuda a comprenderlo. Mi nieta Delfina llevó como ofrenda todo el dinero que había guardado en su alcancía. Antes de compartir lo sucedido, le pedí permiso. Ella había querido entregar sus ahorros para la casa de la comunidad y me pidió que escribiera una súplica sencilla: «Por favor, Jesús, que pronto terminemos la casa de la comunidad». En aquella ofrenda había mucho más que unas monedas. Había un corazón que confiaba, una niña que reconocía una necesidad y deseaba participar. Su manera de dar me hizo pensar en la pureza con la que podemos acercarnos al Señor cuando dejamos de calcularlo todo. Delfina ofrecía lo que tenía, con la esperanza de que ese pequeño tesoro ayudara a construir un lugar para todos. También nosotros podemos aprender esa sencillez. A medida que crecemos, acumulamos razones para protegernos, para esperar, para dejar nuestra entrega para más adelante. Y, sin embargo, Dios sigue encontrando caminos hacia el corazón a través de gestos humildes. Una ofrenda, una palabra oportuna, una decisión generosa pueden expresar una confianza que todavía no sabemos explicar del todo. Con esa disposición necesitamos acercarnos a la Palabra. Pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a escuchar, que ilumine lo que leemos y permita que entre en nuestra vida. La Escritura puede consolarnos, pero también mostrarnos aquello que necesita cambiar. Puede sostenernos en la debilidad y despertarnos cuando nos hemos acostumbrado a permanecer inmóviles. Leerla con fe es dejar que Dios nos encuentre en nuestra situación concreta. Recuerdo un fin de semana en el monasterio de las hermanas benedictinas en el que pudimos reunirnos como familia. Estábamos con nuestros tres hijos, sus esposos y nuestros nietos; también mi hermana, mi sobrina, mi sobrino de Uruguay y algunos hermanos de la comunidad. Vivimos aquellos días con una gratitud profunda, como un tiempo de promesas cumplidas. Hay alegrías que se comprenden mejor cuando recordamos el camino recorrido. Los encuentros, la fe compartida y la posibilidad de estar juntos adquieren otro valor después de las esperas y las pruebas. Nadie busca el dolor por sí mismo. Pero, cuando llega, el Señor puede sostenernos y hacer crecer en nosotros una confianza más honda. La cruz no deja de doler porque tengamos fe; la esperanza de la resurrección nos permite atravesarla sabiendo que el sufrimiento no tiene la última palabra. Desde esa esperanza podemos acercarnos a Ester, una mujer cuya historia nos invita a descubrir qué puede hacer Dios con una vida que se pone a su disposición. El relato bíblico la sitúa en el Imperio persa, lejos de la tierra de su pueblo. Era una joven judía, huérfana, criada por su primo Mardoqueo, que había ocupado un lugar paterno en su vida. Fue llevada al palacio y llegó a ser reina. Vista desde fuera, su nueva condición podía parecer una existencia privilegiada. Sin embargo, detrás de aquel título había una vulnerabilidad que no debemos pasar por alto. Ester vivía sometida a las normas de una corte en la que ni siquiera podía presentarse libremente ante el rey. Acercarse sin haber sido llamada podía costarle la vida. Además, siguiendo el consejo de Mardoqueo, había mantenido en reserva su origen judío. Su corona no borraba su historia ni la libraba del miedo. En aquel lugar de aparente seguridad, seguía siendo una mujer expuesta a decisiones que no dependían de ella. La anterior reina había sido apartada después de negarse a comparecer ante el rey durante un banquete. Ese antecedente permite entrever el ambiente en el que Ester debía vivir. Para comprender sus decisiones, necesitamos mirar más allá del esplendor del palacio y reconocer el riesgo que acompañaba cada uno de sus pasos. Entonces llegó una amenaza que alcanzaba a todo su pueblo. Amán promovió un decreto de exterminio contra los judíos. La noticia se extendió por las provincias y trajo consigo duelo, ayuno y llanto. Mardoqueo rasgó sus vestiduras, se cubrió de saco y ceniza y salió por la ciudad expresando su dolor. Cuando Ester supo en qué estado se encontraba, se angustió y le envió ropa. Él no la aceptó. La herida era demasiado profunda para aliviarla con un cambio de vestiduras. Había una sentencia de muerte sobre su pueblo, y ella necesitaba conocer lo que estaba ocurriendo. A través de un servidor, Mardoqueo le hizo llegar los detalles del decreto y le pidió que se presentara ante el rey para interceder. Ester respondió explicando el peligro. La ley era conocida: quien entraba sin ser convocado podía morir, a menos que el rey le extendiera su cetro de oro. Y hacía treinta días que ella no había sido llamada. Su temor era comprensible. Le estaban pidiendo que comprometiera su propia vida. A veces leemos las historias bíblicas como si sus protagonistas hubieran estado hechos de una materia distinta de la nuestra. Pero también ellos sintieron incertidumbre. También tuvieron que enfrentarse a aquello que los sobrepasaba. La valentía de Ester se vuelve más cercana cuando reconocemos que su primera respuesta estuvo atravesada por el miedo. Mardoqueo volvió a hablarle. Le advirtió que el palacio no la pondría a salvo de la suerte de su pueblo y expresó su confianza en que la liberación podría llegar por otro camino. Luego dejó ante ella una pregunta decisiva: quién sabía si había llegado a ser reina precisamente para una ocasión como aquella. Esa pregunta, en el capítulo cuarto del libro de Ester, atraviesa los siglos y alcanza nuestra propia historia. Tal vez también nosotros necesitemos detenernos y mirar el lugar que ocupamos. La familia de la que formamos parte, el trabajo que realizamos, la comunidad en la que servimos, las personas que se acercan a pedir ayuda. ¿Qué respuesta de amor podemos ofrecer allí? No siempre comprenderemos por qué nos ha tocado recorrer determinado camino. Hay pérdidas y heridas cuyo sentido no podemos explicar. La confianza en la providencia nos permite poner también esas zonas oscuras en manos de Dios y preguntarle cómo seguir adelante. Él puede abrir una posibilidad de bien incluso en circunstancias que nunca habríamos elegido. Ester no podía modificar su pasado, pero podía responder en el presente. Su posición la ponía ante una responsabilidad concreta: tenía la posibilidad de interceder. Aquello que hasta entonces había parecido solamente una circunstancia de su vida se convertía en una llamada al servicio. Nuestra respuesta también tiene valor. Dios nos invita a colaborar con su obra y nos concede la alegría de participar en ella. Al mismo tiempo, recordar que su poder supera nuestros recursos nos ayuda a servir con humildad. Nadie sostiene por sí solo una familia o una comunidad. Todos necesitamos de los demás y todos recibimos de Dios mucho más de lo que podemos ofrecer. A veces, una herida en el orgullo nos lleva a retirarnos esperando que nuestra ausencia demuestre cuánto valíamos. Podemos reconocer esa tentación sin condenarnos y llevarla a la oración. El amor madura cuando aprendemos a ofrecer nuestros dones sin convertirlos en una forma de dominio. Nuestra presencia es valiosa; también lo es la de quienes caminan a nuestro lado. Servir nos permite descubrir esa pertenencia compartida. Ester escuchó a Mardoqueo y tomó una decisión. Pidió que reuniera a los judíos de Susa para ayunar por ella. También ella y sus servidoras participarían. Después se presentaría ante el rey, aun conociendo el riesgo. Su respuesta fue breve y estremecedora: «Si perezco, perezco». Había comprendido la gravedad de la situación y estaba dispuesta a dar el paso. Antes de hacerlo, buscó apoyo. Convocó a su pueblo y se unió a él en el ayuno. La responsabilidad de entrar en el palacio sería suya, pero no quería atravesar aquella hora aislada de los demás. En ese gesto encontramos una enseñanza para nuestra vida de fe. Pedir oración es reconocer que necesitamos ser sostenidos. Hay momentos en los que el cansancio o el dolor apenas nos permiten pronunciar una palabra, y la intercesión de otros se vuelve un verdadero refugio. Cuando tenemos fuerzas para hacerlo, también estamos invitados a unir nuestra propia voz a esa oración y a abrir el corazón a lo que Dios quiera mostrarnos. Podemos pedir que recen por nuestra familia y, al mismo tiempo, disponernos a escuchar con más paciencia. Podemos pedir ayuda para una dificultad y comenzar a dar el paso que nos corresponde. La oración va alcanzando nuestras decisiones, nuestra manera de hablar y la forma en que tratamos a quienes viven con nosotros. Así, lo que confiamos al Señor empieza a transformar también nuestra respuesta. Ester buscó en el ayuno una manera de disponerse ante Dios. La Escritura nos presenta ese mismo movimiento en otros creyentes: Moisés, Esdras, Nehemías y Daniel recurrieron a la oración y al ayuno en momentos decisivos. Jesús mismo ayunó antes de comenzar su vida pública. En esa renuncia hay una disposición a escuchar, a reconocer nuestra necesidad y a poner al Señor en el centro. También podemos hacer espacio para Dios renunciando a hábitos que ocupan excesivamente nuestra atención. Apartarnos un tiempo de las redes, del ruido constante o de la necesidad de estar siempre entretenidos puede ayudarnos a recuperar el silencio. Lo decisivo será qué hacemos con ese espacio: si lo abrimos a la oración, a la Palabra y a la atención al hermano, la renuncia podrá dar fruto en una mayor libertad interior. La valentía empieza de rodillas. En el secreto de la oración aprendemos a reconocer lo que nos asusta y a entregárselo al Señor. Podemos presentarnos ante él sin fingir fortaleza. Podemos decirle que no sabemos cómo afrontar una conversación, cómo acompañar a alguien que sufre o cómo perseverar cuando los resultados tardan. Allí vamos descubriendo una fuerza que no depende solamente de nuestro ánimo. Buscar a Dios no nos permite controlar el desenlace de todas las cosas. La oración, el ayuno y la escucha de su Palabra nos ayudan a permanecer unidos a él, a discernir y a actuar con mayor libertad. Algunas dificultades encontrarán una salida que podremos reconocer pronto; otras exigirán paciencia, ayuda y un camino más largo. En todas ellas podemos confiar en que el Señor nos acompaña. Ester llevaba sobre sus hombros una responsabilidad inmensa. Nosotros también conocemos cargas que parecen superar nuestras fuerzas: un conflicto familiar, una preocupación económica, una enfermedad, una persona amada que atraviesa una situación difícil. La comunidad nos recuerda que podemos compartirlas. Hay hermanos que pueden escuchar, interceder y acompañar. Dejarnos ayudar es también una forma de humildad. En ese camino, nuestra relación con Jesús está llamada a profundizarse. Podemos acercarnos a él con todas nuestras necesidades; también podemos aprender a preguntarle qué desea de nosotros. Reconocerlo como Señor significa permitir que su palabra oriente nuestras decisiones, incluso cuando nos cuesta renunciar a nuestra primera reacción. Esto se vuelve muy concreto en la convivencia. Todos conocemos el enojo y la dificultad de salir de él. A veces repetimos interiormente una ofensa hasta que ocupa todo nuestro pensamiento. Nos cerramos, endurecemos las palabras y dejamos de escuchar. En medio de esa agitación, la oración puede ayudarnos a detenernos y a elegir una respuesta que cuide el vínculo. Tal vez necesitemos hablar con claridad, reconocer un error, pedir perdón o escuchar algo que preferiríamos evitar. Amar exige aprender a dialogar y a comprender. En el matrimonio, en la familia y en la comunidad, hay renuncias pequeñas que abren caminos nuevos: dejar de querer tener siempre la última palabra, abandonar una respuesta hiriente, admitir que el otro también está sufriendo. Allí nuestra fe empieza a tomar cuerpo. Después del tiempo de preparación, Ester se presentó ante el rey. El relato deja ver su fragilidad en aquel encuentro: llegó a desfallecer, y el rey la acogió y la tranquilizó. La mujer que había decidido actuar seguía siendo vulnerable. Su confianza no había borrado la debilidad de su cuerpo ni la intensidad de lo que estaba viviendo. Cuando el rey le ofreció concederle su petición, Ester lo invitó a un banquete junto con Amán. Más tarde preparó un segundo encuentro. Esperó el momento para expresar lo que llevaba en el corazón. En su manera de proceder podemos contemplar una valentía acompañada de prudencia, capaz de avanzar sin dejarse arrastrar por la ansiedad. Cuántas veces necesitamos esa sabiduría. La urgencia nos lleva a querer decirlo todo de inmediato, a resolver en una sola conversación lo que necesita tiempo o a actuar antes de haber escuchado. Presentar nuestras inquietudes ante Dios puede ayudarnos a reconocer el momento y la forma de hablar. La paciencia también puede ser una expresión de confianza. Cuando llegó la ocasión, Ester pidió por su vida y por la de su pueblo. Expuso la amenaza y señaló a Amán como responsable. Había llegado la hora de hacer visible lo que hasta entonces permanecía oculto y de asumir públicamente su pertenencia al pueblo amenazado. A partir de allí, el relato avanza hacia la liberación. El duelo da paso a la alegría y la amenaza que parecía definitiva pierde su poder de cerrar la historia. La vida de Ester se convierte en testimonio de una esperanza que se atreve a actuar, sostenida por la confianza y por la unión de su pueblo. Podemos volver ahora a nuestra propia situación. Tal vez haya un paso que venimos postergando porque tenemos miedo. Tal vez necesitemos pedir ayuda, recuperar la oración o mirar con mayor atención una necesidad cercana. El Señor conoce nuestros límites. Podemos presentárselos y pedirle que nos muestre qué amor concreto somos capaces de ofrecer hoy. La alcancía de Delfina y la decisión de Ester nos hablan, desde situaciones muy distintas, de un corazón disponible. Una niña entrega sus ahorros para ayudar a construir la casa de su comunidad. Una reina pone su vida al servicio de su pueblo. Cada una ofrece lo que tiene ante una necesidad que la conmueve. También nuestra entrega puede comenzar de una manera sencilla. Una conversación pendiente, un tiempo dedicado a escuchar, una ayuda generosa, una oración compartida. No necesitamos comprender todo el camino para dar el siguiente paso. Podemos empezar por aquello que el amor nos permite reconocer y confiar al Señor lo que todavía no vemos. Quizá, al mirar así nuestra vida, escuchemos de nuevo la pregunta de Mardoqueo. Quizá este lugar, este encuentro y esta necesidad sean una invitación que hoy nos corresponde acoger. Y podamos responder, con la humildad de quien todavía siente miedo, pero ha decidido confiar. Señor Jesús, recibe nuestra vida tal como es. Tú conoces nuestras heridas, nuestros temores y el deseo de servirte que permanece en el corazón. Danos la sencillez para ofrecer lo que tenemos y la humildad para dejarnos acompañar. Enséñanos a buscarte en la oración, a escuchar tu Palabra y a reconocer el momento de actuar. Que tu Espíritu nos conceda la prudencia y la valentía de Ester, para responder con amor allí donde hoy nos llamas. Amén.

Estudio de la predica:
- Comprender el valor de la sencillez en la entrega personal a través de gestos cotidianos.
- Analizar la historia bíblica de Ester, reconociendo su vulnerabilidad, miedos y el contexto de sus decisiones.
- Reconocer la importancia de la oración, el ayuno y la comunidad como fuentes de fortaleza ante los desafíos.
- Aplicar la prudencia y la paciencia en la resolución de conflictos y en la toma de decisiones difíciles.
- El cálculo constante nos paraliza: Buscar garantías absolutas antes de actuar nos impide participar en el bien de nuestra comunidad.
- La sencillez abre caminos: Un gesto humilde, una palabra oportuna o una decisión generosa expresan una confianza profunda que a veces no sabemos explicar racionalmente.
- La actitud ante la Palabra: Acercarse a la Escritura con fe significa permitir que Dios nos encuentre en nuestra situación concreta, consolándonos o mostrándonos aquello que necesitamos cambiar.
- Sometida a un protocolo mortal: Acercarse al rey sin haber sido llamada podía costarle la vida, a menos que él le extendiera su cetro de oro. En el momento de la crisis, ¡llevaba treinta días sin ser convocada!
- Un pasado oculto: Siguiendo el consejo de Mardoqueo, Ester mantenía en reserva su origen judío. Su corona no borraba su historia ni la protegía del miedo.
- El peligro real: La reina anterior había sido destituida por desobedecer al rey. Este antecedente marcaba el ambiente de constante riesgo en el palacio.
- La valentía empieza de rodillas: En la oración y el ayuno reconocemos nuestras limitaciones y entregamos nuestros miedos al Señor.
- La fuerza de la comunidad: Pedir oración es un acto de humildad. Nos recuerda que no sostenemos nuestras cargas solos; necesitamos ser sostenidos por otros en los momentos de debilidad.
- La oración transforma nuestra acción: Orar nos dispone a escuchar con paciencia y a dar los pasos que nos corresponden con mayor libertad interior.
- Evitó la prisa: En lugar de lanzar su petición de inmediato, invitó al rey y a Amán a un banquete, y luego a un segundo encuentro. Saber esperar el momento oportuno es también una forma de confianza.
- Hizo visible la verdad: En el momento adecuado, asumió públicamente su identidad, expuso la amenaza y señaló al responsable.
- La fe no elimina el miedo: La valentía consiste en ponernos en manos de Dios y actuar a pesar de nuestras debilidades.
- Sencillez frente al cálculo: Ofrecer lo que tenemos en el presente, sin esperar a tener todas las garantías, abre caminos de bendición para la comunidad.
- Vulnerabilidad compartida: Reconocer que necesitamos ayuda y pedir oración nos fortalece y nos une a los demás.
- Prudencia en la acción: La paciencia y el discernimiento nos permiten encontrar el momento adecuado para hablar y actuar de manera constructiva.
- Una llamada personal: La pregunta de Mardoqueo sigue vigente: ¿cuál es el paso concreto de amor que hoy nos corresponde dar en las circunstancias en las que nos encontramos?