Jueves, 15 de Octubre del 2026

Terquedad vs Simpleza.

A veces, lo que nos impide avanzar es la resistencia a cambiar de rumbo. Sabemos que algo nos hace daño, advertimos que una actitud nos aleja de los demás, escuchamos una palabra que podría ayudarnos y, sin embargo, seguimos por el mismo camino. Hay una voz interior que insiste: «Siempre lo hice así». Y, casi sin darnos cuenta, terminamos defendiendo una costumbre como si en ella estuviera en juego nuestra identidad.

La terquedad puede parecerse a la firmeza. Incluso podemos sentir cierto orgullo por no ceder. Pero la firmeza nos ayuda a sostener lo verdadero; la terquedad nos lleva a persistir aun cuando empezamos a reconocer que estamos equivocados. Una nos mantiene de pie; la otra nos deja inmóviles.

Se cuenta la historia de don Pedro, un hombre de pocas palabras que vivía en un pueblo y acostumbraba salir a caminar por las vías del tren, con el mate entre las manos. Todos los domingos repetía el mismo recorrido. Conocía cada tramo y avanzaba con la seguridad de quien cree que nada puede alterar su rutina.

Hasta que un día se escuchó un silbato a lo lejos.

Los vecinos comenzaron a llamarlo. Le gritaban que se apartara, que el tren se acercaba. Pero don Pedro seguía caminando.

«Yo siempre paso por acá —pensaba—. Nadie me va a decir por dónde tengo que andar».

El tren alcanzó a frenar, aunque no pudo evitar el accidente. Don Pedro sobrevivió, pero pasó un largo tiempo internado y necesitó rehabilitación para recuperarse.

Cuando finalmente volvió al pueblo, entró en el bar apoyado en sus muletas. Allí escuchó el silbido de una cafetera. Sin pensarlo, levantó una muleta y comenzó a golpearla ante el asombro de todos.

—¿Qué está haciendo, don Pedro?

—A estos hay que detenerlos de pequeños —respondió—, porque después uno ya sabe cómo terminan.

La historia provoca una sonrisa, pero deja una pregunta incómoda: ¿había aprendido algo don Pedro? Había sufrido las consecuencias de su obstinación, aunque todavía encontraba el problema fuera de sí. Seguía sin reconocer que había podido apartarse.

También nosotros podemos salir de una experiencia dolorosa más desconfiados, más duros, más dispuestos a defendernos, sin revisar aquello que nos corresponde cambiar. No todo sufrimiento nace de nuestros errores, por supuesto. Pero cuando sí tenemos una responsabilidad, culpar siempre a otro nos impide aprender.

Otra historia cuenta que el capitán de un poderoso buque vio una luz frente a él en medio de la noche. Convencido de que se trataba de otra embarcación, ordenó por radio que modificara su rumbo.

La respuesta fue breve:

—Debe cambiar el rumbo usted.

El capitán se indignó. Explicó quién era, describió la fuerza de su nave y exigió obediencia. Del otro lado, una voz tranquila volvió a responder:

—Yo no puedo moverme. Esto es un faro.

No importaban el rango del capitán ni la potencia de su barco. La realidad no iba a desplazarse ante sus amenazas. Para seguir navegando, tenía que aceptar una indicación que no esperaba recibir.

Cuántas veces nos sucede algo parecido. Nos cuesta escuchar porque la advertencia viene de alguien a quien consideramos menos preparado, más joven o menos importante. Atendemos tanto a quién habla que dejamos de preguntarnos si sus palabras contienen una verdad. Y así, por proteger nuestro orgullo, ponemos en riesgo aquello que queríamos cuidar.

La sencillez comienza cuando podemos admitir que necesitamos aprender.

En el libro del profeta Amós aparece repetidamente una expresión sobre «tres delitos y cuatro». Su insistencia nos enfrenta con la gravedad de un mal que se acumula, de una injusticia que se repite y termina arraigándose en la vida de un pueblo. Esa palabra puede llevarnos también a examinar nuestras propias repeticiones: las actitudes que justificamos, las advertencias que desoímos, las decisiones que postergamos aun cuando conocemos sus consecuencias.

Es fácil hablar de los errores de la sociedad como si nosotros permaneciéramos fuera de ella. Nos preocupa el daño a la naturaleza, la violencia de las palabras, la indiferencia ante el sufrimiento. Pero esa sociedad también se construye con nuestras elecciones cotidianas. Nuestra responsabilidad tiene un alcance concreto, quizá pequeño, pero real.

Lo mismo sucede en el mundo interior. A veces dedicamos tanto tiempo a repasar una dificultad que terminamos mirando toda nuestra vida a través de ella. El problema ocupa el centro; lo demás se vuelve borroso. Hay afectos, oportunidades, cuidados recibidos y motivos de gratitud, pero apenas logramos percibirlos.

Incluso podemos estar viviendo algo que antes le pedimos a Dios y no encontrar espacio para disfrutarlo. Nuestra atención sigue detenida en lo que falta, en lo que podría salir mal, en aquello que todavía no podemos resolver.

Esto no significa que la angustia se elija ni que desaparezca con una decisión. Hay dolores que necesitan tiempo, compañía y ayuda. Sin embargo, dentro de nuestras posibilidades, podemos aprender a no entregarles todo el espacio de nuestra vida.

Lo veo en una escena sencilla de mi familia. A veces viajamos en el auto, conversando con Marianela, y nuestras hijas, Delfi y Emy, comienzan a discutir en el asiento de atrás. Una protesta porque la otra la mira mal o le hace una mueca. La incomodidad crece mientras cada una permanece pendiente del gesto de su hermana.

En esas ocasiones les decimos:

—Mirá un momento por la ventana.

Afuera hay un paisaje que continúa, un mundo más amplio que esa pequeña pelea. Cambiar la mirada no resuelve cualquier conflicto, pero puede devolverle su verdadera proporción.

Los adultos también necesitamos, algunas veces, mirar por la ventana.

Necesitamos recordar que una diferencia no define por completo a una persona; que una preocupación no abarca toda nuestra historia; que un mal día no convierte en mala nuestra vida. Hay asuntos que debemos enfrentar y conversaciones que no podemos seguir evitando. Pero podemos hacerlo sin permitir que se vuelvan la única realidad que vemos.

¿Dónde estamos poniendo nuestra atención? ¿Qué pensamientos alimentamos una y otra vez? ¿Qué dejamos crecer en silencio?

Un jardín necesita cuidado. Aquello que regamos encuentra condiciones para desarrollarse. También nuestros hábitos de pensamiento pueden afirmarse con la repetición. Si ante cada llamada inesperada imaginamos una desgracia, si frente a cualquier cambio anticipamos un fracaso, terminamos acostumbrándonos a vivir en alerta.

No siempre podemos impedir que aparezca ese primer temor. Sí podemos aprender, poco a poco, a detenernos antes de darlo por cierto. Podemos escuchar antes de suponer, preguntar antes de juzgar, esperar antes de concluir.

Nuestra historia influye en la manera de mirar, pero no nos condena a repetir para siempre la misma respuesta. La esperanza puede cultivarse con pequeños actos: agradecer algo concreto, reconocer un bien, aceptar ayuda, concederle al otro la posibilidad de explicarse.

La fe acompaña ese aprendizaje. Nos permite reconocer las dificultades sin cerrar de antemano todas las puertas. Podemos decir: «Esto me preocupa, pero todavía no sé cómo terminará. Dios está conmigo también aquí».

Sin embargo, nuestra resistencia al cambio puede entrar incluso en la vida religiosa.

Amós cuestiona la confianza que el pueblo deposita en sus santuarios mientras su vida se aparta de Dios. Su palabra nos invita a preguntarnos qué buscamos cuando nos acercamos a un lugar de oración: si deseamos encontrarnos con el Señor y dejarnos transformar, o si buscamos una tranquilidad que no nos pida revisar nada.

Podemos cuidar mucho la apariencia de nuestra fe y descuidar el corazón. Podemos participar, servir y conocer las palabras apropiadas, mientras seguimos sosteniendo una actitud que lastima a los demás.

También podemos convertir las prácticas religiosas en una lista de obligaciones cumplidas. La misa, la confesión, la comunión y la oración son dones que nos acercan a Dios y alimentan nuestra vida. Pero estamos llamados a recibirlos con un corazón dispuesto, dejando que esa gracia alcance nuestras relaciones y nuestras decisiones.

La pregunta no es solamente si estuvimos presentes, sino qué lugar le damos al Señor después de ese encuentro. ¿Lo dejamos entrar en nuestra manera de hablar? ¿En el trato con la familia? ¿En el trabajo? ¿En aquello que hacemos cuando nadie nos ve?

Al terminar un retiro suele aparecer un deseo sincero: «Tengo que orar más». Es un propósito valioso. Pero conviene escucharlo hasta el fondo. Tal vez esa oración nos esté conduciendo a pedir perdón, a asumir una responsabilidad, a reparar una injusticia o a tener una conversación que venimos evitando.

Podemos pedirle a Dios que transforme una relación y, al mismo tiempo, resistirnos al paso que nos invita a dar. Por eso, junto con pedir más tiempo de oración, necesitamos pedir disponibilidad para responder.

La oración va abriendo nuestra vida a Dios. Y cuando lo dejamos entrar, su presencia alcanza también lo que preferiríamos mantener cerrado.

Algo semejante puede ocurrir con la comunidad. Es hermoso encontrar amigos, sentirse recibido, disfrutar del canto y compartir la fe con personas queridas. Todo eso es un regalo. Pero nuestro vínculo con Dios necesita echar raíces más profundas que nuestras preferencias.

Si todo depende de que nos guste quien habla, de que se cante como esperamos o de que siempre nos sintamos cómodos, cualquier cambio puede alejarnos. La comunidad está formada por personas reales, con dones y limitaciones, igual que nosotros. Aprender a permanecer también implica madurar en el amor.

En medio de todo esto, la sencillez de Jesús nos orienta. Su cercanía nos invita a vivir una relación verdadera con él, a conocerlo en el Evangelio, a escucharlo en la oración y a reconocer su llamado en la vida cotidiana. Los signos y las prácticas de nuestra fe encuentran allí su profundidad: nos conducen al encuentro y nos ayudan a vivirlo.

A medida que conocemos a alguien, empezamos a comprender qué valora, qué lo conmueve, cómo mira a los demás. También la amistad con Jesús va educando nuestra mirada. Ante una decisión, podemos detenernos y preguntarnos: «¿Qué respuesta sería más fiel a su amor?».

Para escuchar esa pregunta necesitamos algo de silencio.

Vivimos rodeados de estímulos que reclaman una reacción inmediata. Todo parece urgente: contestar, opinar, elegir, seguir adelante. A veces trasladamos ese apuro a nuestros hijos y a quienes tenemos cerca. Les pedimos que corran incluso cuando nosotros mismos hemos olvidado por qué estamos corriendo.

La abundancia de opciones tampoco garantiza que disfrutemos más. Antes, elegir una película suponía ir a buscarla, llevarla a casa y dedicarle un tiempo. Hoy podemos recorrer un catálogo interminable y terminar la noche sin haber elegido nada. No hace falta idealizar el pasado para reconocer que necesitamos aprender a habitar el presente.

El silencio puede ayudarnos. Nos permite distinguir una necesidad de un impulso, una convicción de una reacción, una palabra útil de otra que solo añadirá ruido.

La mención del silencio prudente en Amós puede acompañar ese examen interior. Hay momentos en que callar nos permite escuchar y comprender antes de responder. También hay situaciones en las que el amor y la justicia requieren nuestra palabra. La sencillez necesita ese discernimiento: saber cuándo hablar y hacerlo sin convertir cada diferencia en una batalla.

A veces la batalla más persistente está dentro de nosotros.

Durante mucho tiempo creí que yo no era una persona que se enojara. Pensaba que tenía paciencia, que me costaba llegar al límite. Sin embargo, al mirar con más sinceridad mi historia, fui descubriendo otra cosa.

Había personas con las que había cerrado toda posibilidad de relación. No eran familiares ni gente cercana, sino antiguos compañeros o personas que habían pasado por mi vida. Ante ciertas heridas, había decidido: «A esta persona no la saludo nunca más».

Lo decía incluso con algo de orgullo: «Yo no me enojo, pero cuando me enojo, se terminó».

Había bajado persianas y confundía ese cierre con fortaleza. Como no discutía ni expresaba abiertamente mi enojo, suponía que no estaba enojado. Pero la ofensa seguía guardada y comenzaba a influir en mi manera de mirar a otras personas. Me costaba escuchar; situaciones que antes podía comprender empezaban a cansarme.

Reconocerlo fue incómodo, pero también liberador. Cuando empecé a trabajar esas actitudes y a presentarlas delante de Dios, me sentí más liviano. No porque todo quedara resuelto de inmediato, sino porque ya no necesitaba defender mi dureza como si fuera una virtud.

Perdonar puede llevar tiempo. Hay heridas que requieren un camino largo, y perdonar no obliga a negar el daño ni a restablecer una confianza que necesita ser reconstruida. Pero podemos comenzar pidiéndole al Señor que la ofensa deje de gobernar nuestro corazón.

También pedir perdón puede costarnos. Nos expone, nos obliga a abandonar las excusas y a reconocer que hemos herido. Aun así, ese paso puede abrir un espacio de libertad que ninguna justificación consigue ofrecernos.

Decir «me equivoqué» no nos quita dignidad. Nos permite vivir con verdad.

Tal vez hoy podamos reconocer alguna vía por la que seguimos caminando, aunque ya hemos recibido suficientes advertencias. O alguna luz frente a la cual seguimos exigiendo que el mundo cambie de lugar para no tener que corregir nuestro rumbo.

Dios puede hablarnos a través de alguien cercano, de una incomodidad que vuelve, de una palabra del Evangelio que no logramos olvidar. Escucharlo requiere la humildad de aceptar que todavía estamos aprendiendo.

No necesitamos resolver toda nuestra vida de una vez. Podemos comenzar por un gesto: escuchar sin interrumpir, agradecer algo que dábamos por supuesto, revisar una reacción, retomar una conversación pendiente, pedir perdón sin añadir una excusa.

Al pensar en el tiempo que recibimos, aparecen preguntas que nos devuelven a lo esencial: ¿a quién amamos?, ¿a quién perdonamos?, ¿qué hicimos con las oportunidades de servir?, ¿pudimos aliviar la vida de alguien?

Todavía tenemos un presente en el que responder.

Podemos pedirle a Dios que nos ayude a salir de aquello que nos encierra, a dejar las cargas que ya no necesitamos sostener y a vivir con mayor disponibilidad. Su gracia puede transformar nuestra manera de estar en la familia, en el trabajo y en la comunidad. Un corazón que aprende a escuchar también empieza a ofrecer a los demás un espacio donde respirar.

Señor Jesús, enséñame la sencillez de un corazón que se deja guiar. Ayúdame a reconocer cuándo estoy defendiendo una verdad y cuándo estoy protegiendo mi orgullo. Dame humildad para corregir el rumbo, paciencia para recorrer los procesos que necesito y valentía para pedir perdón. Abre mis ojos al bien que has puesto en mi vida. Que mi oración se vuelva amor concreto y que, al caminar contigo, aprenda a vivir más libre y más dispuesto a amar.

Guía de Estudio: La libertad de un corazón sencillo
Esta guía de estudio está diseñada para analizar y profundizar en las enseñanzas, metáforas y reflexiones sobre la actitud humana, la terquedad, la fe y la transformación interior expuestas en el texto.

Cuestionario: Preguntas de Respuesta Corta
  1. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre la firmeza y la terquedad según el texto?
  2. ¿Qué enseña la historia de don Pedro y la cafetera sobre la actitud humana ante los errores propios?
  3. ¿Qué lección transmite la historia del capitán del buque y el faro frente a la realidad?
  4. ¿A qué se refiere la expresión «tres delitos y cuatro» del profeta Amós y qué examen personal propone?
  5. ¿Qué analogía utiliza el autor sobre el viaje en auto con sus hijas para explicar cómo manejar los conflictos o preocupaciones?
  6. ¿Cómo influye la atención en el estado emocional y qué metáfora se usa para explicar la formación de hábitos de pensamiento?
  7. ¿Qué riesgo existe al vivir la fe o la vida religiosa puramente desde las apariencias o las costumbres?
  8. ¿Qué significa que la oración deba ir acompañada de una «disponibilidad para responder»?
  9. ¿Qué descubrimiento personal hizo el autor sobre su propia forma de manejar el enojo en las relaciones humanas?
  10. ¿Qué papel desempeña el silencio en el proceso de discernimiento y en la convivencia cotidiana?

Clave de Respuestas
  1. Diferencia entre firmeza y terquedad: La firmeza ayuda a sostener lo que es verdadero y mantiene a la persona de pie, mientras que la terquedad lleva a persistir en el error aun cuando se reconoce estar equivocado. La terquedad nace de la defensa del orgullo o la costumbre, lo que termina dejando a la persona inmóvil e incapaz de avanzar.
  2. La historia de don Pedro: Demuestra cómo la obstinación puede llevar a sufrir consecuencias graves y, aun así, persistir en buscar la culpa fuera de uno mismo. Al golpear la cafetera en lugar de admitir su imprudencia en las vías del tren, don Pedro evidenció que no había aprendido a revisar su propia responsabilidad.
  3. El capitán del buque y el faro: Esta historia enseña que la realidad no va a desplazarse ni a ceder ante las amenazas o la jerarquía de una persona. Para seguir navegando con seguridad es indispensable superar el orgullo, escuchar las advertencias y corregir el rumbo personal cuando la situación lo exige.
  4. Expresión «tres delitos y cuatro»: Hace referencia a la gravedad de un mal acumulado y a las injusticias que se repiten hasta arraigarse en la vida de un pueblo. El texto propone usar esta imagen para examinar las propias repeticiones cotidianas, como las actitudes que se justifican o las advertencias que se desoyen.
  5. Analogía de «mirar por la ventana»: Surge cuando sus hijas discutían en el auto y se les aconsejaba mirar hacia afuera para contemplar un paisaje más amplio. Esta metáfora enseña que cambiar la perspectiva no resuelve automáticamente los conflictos, pero ayuda a devolver a las preocupaciones su verdadera proporción dentro de la totalidad de la vida.
  6. La atención y la metáfora del jardín: Si se concentra la atención únicamente en un problema, este opaca los afectos y motivos de gratitud. Se utiliza la metáfora del jardín para explicar que aquello que se riega o alimenta mentalmente es lo que crece; si se alimentan pensamientos trágicos, la persona se acostumbra a vivir permanentemente en alerta.
  7. Riesgo del cumplimiento religioso superficial: Consiste en convertir las prácticas sagradas (como la misa, la confesión o la oración) en una simple lista de obligaciones para tranquilizar la conciencia sin permitir una verdadera transformación interior. De este modo, se puede cuidar la apariencia de la fe mientras se sostienen actitudes cotidianas que dañan a los demás.
  8. Disponibilidad para responder en la oración: Significa que pedir más tiempo de oración es insuficiente si no se tiene la disposición de dar los pasos concretos que la oración exige, como pedir perdón, reparar una injusticia o asumir una responsabilidad. La oración auténtica abre la vida a Dios y exige disponibilidad para actuar en aquello que se preferiría mantener cerrado.
  9. Descubrimiento del autor sobre el enojo: Descubrió que, aunque creía no ser una persona enojadiza porque no discutía, en realidad «bajaba persianas» y cortaba indefinidamente la relación con quienes lo herían. Confundía ese distanciamiento rígido con fortaleza, sin darse cuenta de que la ofensa guardada condicionaba su manera de tratar a otras personas.
  10. El papel del silencio: El silencio permite hacer una pausa frente a la prisa del entorno para distinguir una necesidad de un impulso, una convicción de una reacción y una palabra útil del mero ruido. Asimismo, ayuda a discernir el momento oportuno para callar y escuchar, o para hablar cuando el amor y la justicia lo requieran.

Preguntas de Ensayo
  1. Análisis de los obstáculos del crecimiento personal: Analice cómo la terquedad y el orgullo actúan como barreras para el aprendizaje personal, utilizando como base los relatos de don Pedro y el capitán del buque.
  2. La responsabilidad individual en la construcción del entorno: Desarrolle el concepto de la responsabilidad personal en el ámbito social e interior, contrastando la tendencia a culpar a factores externos con la necesidad de revisar las decisiones y hábitos cotidianos.
  3. Autenticidad religiosa frente al ritualismo: Evalúe la crítica presente en el texto respecto al cumplimiento meramente externo de las prácticas religiosas, relacionando las advertencias del profeta Amós con la propuesta de una fe que transforme las relaciones concretas.
  4. La gestión de la atención y la perspectiva interior: Discuta la metáfora del cuidado del «jardín interior» y la instrucción de «mirar por la ventana», analizando su aplicación práctica para superar la fijación en las dificultades y cultivar la gratitud.
  5. El camino hacia el perdón y la humildad: Reflexione sobre los procesos de perdonar y pedir perdón descritos en el texto, examinando las dificultades que implica abandonar las excusas y la tentación de disfrazar la dureza de corazón como si fuera una virtud.

Glosario de Términos Clave
  • Atención (Cuidado del jardín interior): Enfoque consciente de la mente y los pensamientos hacia aspectos específicos de la realidad. El texto lo compara con un jardín donde lo que se «riega» (pensamientos, miedos o gratitud) es lo que encuentra condiciones para desarrollarse en la vida de una persona.
  • Comunidad: Grupo humano unido por la fe y el afecto recíproco. Se describe no como una estructura idealizada orientada al mero confort personal, sino como una realidad de personas concretas con dones y limitaciones que exige madurar en el amor y permanecer más allá de las preferencias individuales.
  • Discernimiento: Proceso de reflexión guiado por el silencio, la fe y la prudencia que permite distinguir entre impulsos y convicciones, reconociendo cuándo hablar o callar, y determinando qué respuesta es más fiel al amor frente a una situación dada.
  • Disponibilidad: Actitud interior de apertura para responder con acciones concretas (como reparar daños, asumir responsabilidades o pedir perdón) ante las llamadas de atención o la gracia recibida en la oración.
  • Faro: En el relato analógico del capitán, representa la realidad inamovible frente a la cual el individuo debe ajustar y corregir su propio rumbo, en lugar de pretender con arrogancia que las circunstancias externas se adapten a sus exigencias.
  • Firmeza: Virtud que permite a la persona sostener la verdad y mantenerse en pie, a diferencia de la terquedad, la cual persiste en el error por orgullo.
  • Perdón: Proceso de liberación interior que quita a la ofensa recibida el poder de gobernar el corazón. No implica negar el daño sufrido ni restablecer inmediatamente la confianza, sino liberar la vida de la amargura y dar paso a la verdad.
  • Sencillez: Actitud de humildad que nace de reconocer que siempre se necesita aprender, permitiendo a la persona escuchar verdades sin importar quién las pronuncie y corrigiendo el rumbo personal con docilidad.
  • Terquedad (u Obstinación): Persistencia en una postura, actitud o hábito incorrecto por la incapacidad de ceder o admitir la equivocación. Se confunde erróneamente con la fortaleza, pero paraliza el aprendizaje y la evolución personal.
  • «Tres delitos y cuatro»: Expresión bíblica procedente del libro del profeta Amós que simboliza la acumulación progresiva del mal, la injusticia o los errores no corregidos que terminan por arraigarse en la vida de una comunidad o de un individuo.