Jueves, 10 de Septiembre del 2026

Orar, rodeada de deudas

A veces llegamos a Dios con una sola petición: que cambie lo que nos está pasando. Queremos que se resuelva una dificultad, que vuelva la paz a nuestra familia o que termine una preocupación que nos quita el sueño. Nos acercamos con lo que somos y con lo que podemos. Y él nos recibe.

Pero, mientras esperamos una respuesta, también podemos descubrir una invitación: dejar que su amor cambie algo dentro de nosotros. Porque el encuentro con Jesús alcanza nuestra manera de pensar, de hablar y de vivir.

Cuando miro hacia atrás y recuerdo nuestro camino de fe, encuentro muchas razones para dar gracias. Han pasado cuarenta años desde aquel encuentro con Jesús que marcó nuestra vida. Y, al acercarnos a los veinticinco años de la comunidad, veo cuánto ha hecho Dios entre nosotros. Algunos de los que hoy sirven llegaron de niños. Otros estuvieron presentes desde que sus madres los llevaban en el vientre. Hoy han crecido, han formado sus propias familias y siguen compartiendo la fe.

En esas vidas hay una historia de paciencia, de oración y de perseverancia. Dios ha ido obrando en cada uno, muchas veces de una manera sencilla, casi silenciosa. Su amor nos ha sostenido incluso cuando no sabíamos cómo seguir.

Todos necesitamos de ese amor. Quien anuncia la Palabra también necesita escucharla. Quien acompaña a otros también necesita dejarse acompañar. Ninguno ha terminado de aprender. Por eso podemos acercarnos al Señor con un corazón abierto y decirle: «Quiero recibir lo que tengas para mí. Quiero escucharte y dejarme transformar».

Recuerdo muy bien cómo estábamos cuando Jesús salió a nuestro encuentro. Teníamos tres hijos pequeños y muchas deudas. Marianela era recién nacida; Fernanda tenía nueve años y Bruno, cinco. La preocupación ocupaba nuestros días. Nos sentíamos tristes, sin rumbo y sin saber cómo salir adelante.

En aquel tiempo hice todo lo que sabía hacer para buscar ayuda. Una vez caminé desde nuestra casa, en la esquina de 9 de Julio y Callao, hasta la iglesia de San Cayetano. Fui llorando durante el camino. Había escuchado que podía pedir su intercesión por el trabajo y las necesidades de la familia, y me aferré a esa esperanza.

También iba a la iglesia de Lourdes a rezar el rosario. Mis labios repetían las oraciones, pero mi cabeza seguía haciendo cuentas. Mientras decía el padrenuestro, pensaba cómo pagar la luz, el gas o el alquiler. Estaba allí, intentando rezar, aunque por dentro seguía atrapada en mis preocupaciones.

Tiempo después, un sacerdote me ayudó a mirar aquella etapa con más comprensión. Me dijo que yo había hecho lo que podía, con lo que sabía en ese momento. Sus palabras me hicieron bien. Dios también había visto mi búsqueda, mis lágrimas y mi deseo de encontrar una salida.

Yo creía que lo estaba buscando. Todavía no comprendía que él ya había salido a buscarme.

Un día, mientras lloraba en mi casa, recordé las primeras palabras del credo: «Creo en Dios, Padre todopoderoso». Me detuve en esa última palabra. Todopoderoso. La había repetido tantas veces, pero en ese momento comenzó a tener un sentido nuevo para mí.

Mis problemas seguían siendo grandes. Sin embargo, empecé a comprender que no eran más grandes que Dios. Había alguien capaz de sostenerme en medio de todo aquello. Entonces le dije con sencillez: «Jesús, entra en mi vida».

Ese momento cambió mi manera de enfrentar lo que estaba viviendo. Volví a sentir esperanza. Encontré una alegría y una fuerza que hacía tiempo no experimentaba. Las cuentas pendientes no desaparecieron en ese instante, pero yo ya no me sentía sola frente a ellas.

Después tuve que aprender a caminar con esa fe. Hubo dificultades, errores y decisiones que revisar. Encontrarme con Jesús fue el comienzo de una vida nueva, y esa vida necesitaba crecer.

Con el tiempo comprendí que debía dejar atrás algunas actitudes que me hacían daño y lastimaban a los demás. Tenía que revisar el enojo, la falta de honestidad y esa costumbre de querer tener siempre la razón. Había cosas que yo le pedía a Dios que resolviera, mientras seguía actuando de la misma manera.

El Señor me amaba en medio de mis dificultades. Y, precisamente por ese amor, me invitaba a cambiar.

Confiar en Dios nos lleva a participar de lo que él quiere hacer en nuestra vida. Podemos pedir paz para nuestro hogar y, al mismo tiempo, aprender a hablar sin herir. Podemos pedir ayuda en el trabajo y asumir nuestras responsabilidades con más cuidado. Podemos pedir que una relación mejore y dar el primer paso para escuchar o pedir perdón.

La oración va entrando así en la vida diaria. Lo que decimos delante de Dios empieza a notarse en nuestras decisiones.

Pensemos en una casa que nos ofrece refugio cuando llueve. Estar bajo su techo nos permite detenernos y recuperar fuerzas. La presencia del Señor es ese lugar donde podemos descansar, escuchar y encontrar dirección. Permanecer cerca de él nos ayuda a atravesar las dificultades con más confianza, aunque la tormenta tarde en pasar.

Por eso necesitamos conocerlo. A veces queremos vivir la fe sin detenernos a aprender lo que Jesús nos enseña. Buscamos una respuesta rápida, una oración que solucione todo de inmediato, y dejamos para después el cambio que esa misma oración nos está pidiendo.

Recuerdo un viaje a un país cuyo idioma no conocíamos. Miraba los carteles y no entendía lo que indicaban. No sabía por dónde entrar ni por dónde salir. Esa experiencia tan sencilla me hizo sentir lo difícil que es avanzar cuando no comprendemos las señales del camino.

Algo parecido puede sucedernos en la vida espiritual. Si no conocemos la Palabra, nos cuesta reconocer la dirección que Dios nos ofrece. Por eso hace tanto bien dedicar tiempo a leerla, escucharla y compartirla. La comunidad nos ayuda a aprender, a preguntar y a descubrir cosas que solos quizá no veríamos.

Nadie tiene que avergonzarse por no saber. Siempre podemos empezar. Lo necesario es conservar el deseo de aprender.

También necesitamos renovar nuestra manera de pensar. Los años pasan, pero algunas reacciones pueden seguir siendo las mismas. Tal vez nos enojamos ante cualquier diferencia. O imaginamos siempre lo peor. O pensamos que pedir perdón nos hace débiles.

Cuando llevamos esas ideas a la oración, podemos empezar a mirarlas de otra manera. ¿Por qué respondo así? ¿Qué estoy defendiendo? ¿Qué me cuesta aceptar? ¿Qué me está enseñando Jesús en esta situación?

Estas preguntas nos ayudan a conocernos y a dar pasos concretos. Tal vez el cambio de hoy sea escuchar hasta el final antes de responder. Tal vez sea reconocer un error sin buscar excusas. O dejar de repetir una frase que sabemos que lastima.

Las dificultades tienen muchas causas, y no todo lo que nos sucede depende de nosotros. Aun así, podemos revisar con sinceridad aquello que sí está en nuestras manos. Esa mirada puede abrir un camino donde antes solo veíamos una queja.

A José y a mí nos llevó alrededor de diez años ordenar nuestra situación económica. Fue un proceso de aprendizaje. Tuvimos que trabajar, ser honestos, revisar decisiones y pedirle al Señor que nos ayudara a encontrar un camino. También aprendimos a compartir y a vivir el diezmo como una expresión de nuestra fe.

Recuerdo que al principio me costaba mucho dar. Pensaba: «Si debo la luz, el gas y el alquiler, ¿cómo voy a compartir algo?». Mi preocupación me llevaba a cerrarme. Poco a poco fui comprendiendo que la generosidad empieza en el corazón y puede expresarse de muchas maneras.

Podemos compartir tiempo, escuchar a alguien, ofrecer ayuda o poner nuestras capacidades al servicio de otros. Cada uno puede descubrir cómo dar de manera responsable, según su realidad. Lo que ofrecemos por amor tiene valor, aunque parezca pequeño.

En la comunidad también hemos visto familias atravesar momentos de mucha necesidad. Recuerdo a Adrián y a los suyos, que llegaron a tener dificultades hasta para pagar el combustible con el que venían a los encuentros. Su historia, como la nuestra, estuvo hecha de esfuerzo, aprendizaje y perseverancia.

Al mirar ese camino, agradecemos la ayuda de Dios. También recordamos que compartir nuestra fe implica acompañar a quienes todavía están pasando por una situación difícil. Nadie debería sentirse menos amado por Dios porque sus problemas aún no se hayan resuelto.

El trabajo fue otra parte de nuestro aprendizaje. Hace falta responsabilidad para cumplir con lo que nos toca, incluso cuando nadie nos está mirando. También hace falta equilibrio para que el trabajo deje espacio a la familia, al descanso y a la vida de fe.

Recuerdo el testimonio de un conocido que trabajaba en una empresa dedicada a tareas en la vía pública. Un día quiso organizar su jornada para cumplir con su labor y llegar a tiempo a una reunión en su iglesia. Mientras trabajaba, un hombre se acercó y le preguntó qué hacía. Él le explicó su intención. Aquel hombre era el dueño de la empresa y, al reconocer su responsabilidad, decidió darle un puesto de mayor confianza.

Ese testimonio nos recordaba el valor de hacer bien lo que tenemos entre manos. Cada tarea cotidiana puede ser una oportunidad para servir a Dios y a los demás. La honestidad se aprende en esas decisiones pequeñas que, con el tiempo, van formando nuestra manera de vivir.

Sin embargo, algunos de los cambios más profundos tuvimos que hacerlos dentro de casa. José y yo discutíamos mucho. Los dos queríamos tener razón y a los dos nos costaba ceder. Pedíamos paz, pero teníamos que aprender a construirla con nuestras palabras y nuestras actitudes.

Jesús nos invitaba a ser mansos y humildes de corazón. Eso se volvía concreto cuando uno de nosotros elegía bajar la voz, escuchar o reconocer que se había equivocado. No siempre resultaba fácil. Había hábitos que llevaban años con nosotros. Pero podíamos volver a intentarlo.

La carta a los Efesios, en su capítulo cuarto, nos ayuda a mirar estas cosas con claridad. Nos recuerda que podemos sentir enojo sin dejar que ese enojo nos lleve a hacer daño. También nos invita a no prolongar el resentimiento y a cuidar lo que sale de nuestra boca.

Hay situaciones que nos indignan, sobre todo cuando vemos una injusticia. Sentir esa indignación es comprensible. Lo que necesitamos discernir es qué hacemos con ella. Podemos buscar una respuesta justa, hablar con firmeza y poner límites, sin convertir nuestro dolor en una ocasión para herir.

En la vida familiar, una discusión puede dejar una distancia que crece con los días. A veces esperamos que el otro se acerque primero. Mientras tanto, el silencio se vuelve más pesado y cada uno se encierra en su propia razón.

Buscar la paz puede empezar con unas palabras sencillas: «Quiero que podamos hablar». O con una disculpa sincera por lo que hicimos mal. Hay heridas que necesitan tiempo, y algunas situaciones también requieren ayuda y límites claros. Pero siempre podemos pedirle al Señor que nos enseñe a dar un paso hacia el bien.

La misma carta nos invita a usar palabras que ayuden a los demás. Vale la pena detenernos aquí. ¿Cómo hablamos de nuestra familia? ¿Qué decimos de alguien cuando no está presente? ¿Nuestras palabras alivian o aumentan el peso que otra persona lleva?

A veces afirmamos que no hacemos mal a nadie, pero criticamos con facilidad. Repetimos errores ajenos, suponemos intenciones o hacemos comentarios que debilitan la confianza. Podemos cambiar esa costumbre. Antes de hablar, podemos preguntarnos si lo que vamos a decir es verdadero, necesario y respetuoso.

Una palabra buena puede animar a alguien que está cansado. Una corrección dicha con cariño puede ayudar más que muchos reproches. Y guardar silencio, cuando solo íbamos a repetir una crítica, también puede ser una forma de amar.

En la comunidad hemos aprendido mucho sobre el perdón. Compartir la fe no evita que a veces nos equivoquemos o nos lastimemos. Pero hemos visto cómo una conversación honesta y un pedido de perdón pueden abrir una nueva etapa en una relación.

Dios nos invita a tratarnos con la misericordia que recibimos de él. Podemos llevarle la amargura, la tristeza y el cansancio que nos cuesta expresar. No hace falta ocultar lo que sentimos para acercarnos. También desde ese dolor podemos empezar a sanar y aceptar el acompañamiento de otros.

Cuando recuerdo nuestra historia, veo muchas experiencias que recibimos como regalos de Dios: momentos de recuperación, ayuda en medio de la necesidad y puertas que se abrieron cuando no encontrábamos una salida. Hasta la casa en la que vivimos tiene para nosotros una historia de gratitud.

Esos recuerdos alimentan nuestra confianza. Nos animan a seguir orando y a cuidar la vida que se nos ha confiado. Cada persona atraviesa procesos distintos, y la fe también nos mueve a estar cerca de quien sigue esperando, de quien está enfermo y de quien necesita apoyo.

Cuidarnos forma parte de ese camino. Podemos revisar los hábitos que nos hacen daño, respetar nuestras necesidades y reconocer cuándo necesitamos ayuda. A veces queremos resolver todo solos, pero aceptar acompañamiento también es una decisión valiente. Dios puede sostenernos a través de las personas que pone a nuestro lado.

También hay heridas del pasado que necesitan ser puestas en sus manos. Decisiones que lamentamos, daños que hemos causado o historias familiares que siguen doliendo. Podemos acercarnos a su misericordia con sinceridad, reconocer nuestra responsabilidad y buscar reparar lo que sea posible.

Ante experiencias dolorosas, como un aborto, hace falta un corazón capaz de escuchar y acompañar. Quien carga con una herida necesita encontrar un lugar donde pueda hablar y recibir ayuda. La misericordia de Dios nos invita a volver a él y a dejarnos sostener por su amor.

Podemos orar por nuestra familia y por las generaciones que nos precedieron. Agradecer lo bueno que recibimos y pedir ayuda para no repetir aquello que hizo daño. En esa historia también podemos sembrar algo nuevo: más respeto, más verdad y una manera más cuidadosa de tratarnos.

La vida de fe alcanza nuestros vínculos, nuestras decisiones y la manera en que reconocemos nuestro valor. Somos personas dignas de amor, por fuera y por dentro. Aprender a respetarnos y a respetar al otro nos ayuda a construir relaciones más sinceras, donde nadie tenga que dejar de ser quien es para sentirse aceptado.

Todo este camino pide paciencia. Quizá descubramos que necesitamos aprender algo que desconocíamos. O cambiar una idea muy arraigada. O poner en práctica algo que ya sabemos, pero que seguimos dejando para después.

Lo esperanzador es que podemos comenzar hoy. Con una decisión pequeña y posible. Una conversación pendiente. Un momento de oración con atención. Un gesto de generosidad. Un pedido de ayuda. Una respuesta más amable.

Todavía recuerdo aquellos días en los que repetía oraciones mientras mi mente seguía atrapada en las cuentas y los problemas. Hoy miro con ternura a esa mujer que buscaba una salida. Dios ya estaba allí, escuchando lo que yo apenas sabía decir.

Y siguió conmigo mientras aprendía a confiar, a compartir y a cambiar. Su amor me dio fuerzas para dar pasos que antes me parecían imposibles. Todavía tengo cosas que aprender, pero sé a quién puedo acudir.

Tal vez hoy también nosotros podamos detenernos un momento y decirle al Señor: «Quiero un cambio. Muéstrame por dónde empezar».

Señor Jesús, gracias por salir a nuestro encuentro. Ayúdanos a escuchar tu Palabra con un corazón sencillo. Muéstranos qué necesitamos aprender y danos valor para cambiar lo que nos hace daño. Enséñanos a hablar con amor, a trabajar con honestidad y a pedir perdón. Sostennos cuando el camino sea difícil. Que tu presencia se haga visible en nuestra manera de vivir, un día a la vez. Amén.

 
 
Guía de Estudio:
Orar, rodeada de deudas.
 
Esta guía de estudio ha sido diseñada para profundizar en las enseñanzas y testimonios presentados en el texto, enfocándose en la relación entre la fe, el cambio personal y la vida en comunidad. A través de este material, se busca analizar cómo el encuentro con lo divino trasciende la resolución de problemas inmediatos para convertirse en un proceso integral de renovación de vida.

Cuestionario de Repaso
Responda a las siguientes preguntas de manera concisa, basándose exclusivamente en el contenido de la fuente proporcionada.
  1. ¿Cuál es la motivación inicial más común por la que las personas se acercan a Dios según el texto?
  2. ¿Cómo describe la narradora su situación familiar y económica al momento de su primer encuentro significativo con Jesús?
  3. ¿Qué palabra específica del Credo transformó la perspectiva de la narradora sobre sus problemas y por qué?
  4. Según el autor, ¿cuál es la relación que debe existir entre la oración y las decisiones en la vida diaria?
  5. ¿Qué metáfora utiliza el texto para explicar la dificultad de avanzar en la vida espiritual sin conocer la Palabra de Dios?
  6. Describa el proceso que vivieron José y la narradora para ordenar su situación económica y cuánto tiempo les tomó.
  7. ¿Qué lecciones sobre la responsabilidad laboral se extraen del testimonio del trabajador de la empresa de vía pública?
  8. ¿Qué actitudes internas menciona la narradora que tuvo que revisar y dejar atrás para no dañar a los demás?
  9. Basándose en la carta a los Efesios citada, ¿cómo se debe manejar el enojo en las relaciones personales?
  10. ¿De qué manera la comunidad de fe ayuda a los individuos en su proceso de aprendizaje y crecimiento espiritual?

Clave de Respuestas
  1. La mayoría de las personas se acercan a Dios con la petición de que cambie una situación externa difícil, buscando paz familiar o el fin de una preocupación. Sin embargo, el texto sugiere que este acercamiento es también una invitación para permitir que el amor de Dios transforme el interior de la persona, incluyendo su forma de pensar y hablar.
  2. La familia atravesaba una etapa de gran tristeza y desorientación, sintiéndose "sin rumbo". Tenían tres hijos pequeños y acumulaban numerosas deudas que generaban una preocupación constante, al punto de que la narradora rezaba mientras su mente seguía angustiada por cómo pagar los servicios básicos y el alquiler.
  3. La palabra es "Todopoderoso". Al reflexionar sobre ella, la narradora comprendió que, aunque sus problemas eran grandes, no eran más grandes que Dios, lo que le permitió experimentar una nueva esperanza y la fortaleza necesaria para dejar de sentirse sola frente a sus deudas.
  4. La oración no debe ser solo un ejercicio de labios, sino que debe integrarse en la vida cotidiana y notarse en las decisiones. El texto enfatiza que lo que se dice ante Dios debe traducirse en acciones concretas, como aprender a hablar sin herir o asumir responsabilidades con más cuidado.
  5. Se utiliza la metáfora de un viaje a un país extranjero cuyo idioma se desconoce. Así como es difícil avanzar cuando no se comprenden las señales de tránsito o los carteles, en la vida espiritual es complicado reconocer la dirección de Dios si no se conoce Su Palabra.
  6. Les tomó alrededor de diez años estabilizar su economía. Fue un proceso de aprendizaje que requirió trabajo, honestidad, revisión de decisiones y el ejercicio de la generosidad a través del diezmo, comprendiendo que esta práctica es una expresión de fe que nace del corazón.
  7. El testimonio destaca que la honestidad y la responsabilidad consisten en cumplir con el deber incluso cuando nadie está mirando. La integridad en las pequeñas tareas cotidianas no solo es un servicio a Dios, sino que también genera confianza y puede abrir puertas a mayores oportunidades, como sucedió con el ascenso del trabajador.
  8. Tuvo que revisar el enojo, la falta de honestidad y la costumbre de querer tener siempre la razón. Comprendió que muchas veces pedía a Dios que resolviera sus problemas externos mientras ella seguía actuando de la misma manera dañina hacia los demás.
  9. El texto indica que es posible sentir indignación o enojo ante una injusticia, pero no se debe permitir que ese sentimiento lleve a hacer daño. Se exhorta a no prolongar el resentimiento, a cuidar las palabras que salen de la boca y a buscar la paz mediante el diálogo y el pedido de perdón.
  10. La comunidad sirve como un espacio para aprender, preguntar y descubrir perspectivas que uno solo no vería. Además, permite el acompañamiento mutuo, donde quienes anuncian la Palabra también aprenden a escucharla y quienes acompañan a otros se dejan acompañar en sus propias dificultades.

Temas de Reflexión y Ensayo
Las siguientes preguntas están diseñadas para fomentar un análisis profundo y una discusión extendida. No se proporcionan respuestas para estos puntos.
  1. La dualidad de la petición divina: Analice la tensión entre pedir un cambio en las circunstancias externas ("que cambie lo que nos pasa") y aceptar un cambio interno ("dejar que su amor cambie algo dentro de nosotros").
  2. La fe como proceso de aprendizaje continuo: Explique la afirmación de que "ninguno ha terminado de aprender" en la vida espiritual, considerando el papel de la paciencia y la perseverancia a lo largo de las décadas.
  3. Ética y espiritualidad en lo cotidiano: Discuta cómo la honestidad laboral y la gestión de las finanzas personales (incluyendo el diezmo y la generosidad) actúan como indicadores de la madurez espiritual según el texto.
  4. La comunicación como herramienta de paz: Evalúe la importancia de la palabra hablada en el entorno familiar y cómo el silencio o el habla respetuosa pueden considerarse actos de amor y humildad.
  5. Misericordia y vulnerabilidad: Reflexione sobre el valor de reconocer la propia necesidad de ayuda y la importancia de que la comunidad sea un refugio para quienes cargan con heridas del pasado o problemas no resueltos.

Glosario de Términos Clave
  • Acompañamiento: Proceso de estar cerca de otros en sus dificultades, permitiendo tanto dar como recibir apoyo y guía dentro de la comunidad de fe.
  • Comunidad: Grupo de personas que comparten la fe y la vida, funcionando como un espacio de aprendizaje mutuo, apoyo en la necesidad y crecimiento espiritual colectivo.
  • Diezmo: Expresión de fe y generosidad que consiste en compartir parte de los recursos económicos, entendida como una forma de desprenderse de la preocupación por el dinero y confiar en la provisión divina.
  • Efesios (Carta a los): Texto bíblico citado para ofrecer directrices sobre la conducta ética, el manejo del enojo, la comunicación constructiva y la eliminación del resentimiento.
  • Honestidad: Valor fundamental que se manifiesta en la transparencia financiera, el cumplimiento de las responsabilidades laborales sin supervisión y el reconocimiento sincero de los errores propios.
  • Intercesión: Acción de pedir a Dios o a los santos (como en la mención a San Cayetano) por las necesidades de trabajo, familia o salud de uno mismo o de otros.
  • Mansedumbre: Actitud de humildad y suavidad en el trato, especialmente necesaria durante los conflictos familiares para elegir escuchar en lugar de imponer la propia razón.
  • Misericordia: Atributo de Dios que implica amor y perdón incondicional, el cual debe ser imitado por los creyentes al tratarse unos a otros, especialmente ante las debilidades y errores.
  • Palabra (de Dios): Guía espiritual fundamental que, al ser leída y escuchada, ofrece dirección y señales para el camino de la vida, evitando la desorientación.
  • Todopoderoso: Atributo divino que reconoce a Dios como poseedor de todo el poder, proporcionando una base para la esperanza al entender que ninguna dificultad humana supera Su capacidad de sostén.