Jueves, 7 de Mayo del 2026

Fe Activa

Fe Activa

Hay una gratitud que brota casi sin darnos cuenta cuando miramos hacia atrás y reconocemos cuánto ha obrado Dios en nuestra vida. Cada historia guarda, en lo profundo, señales de su paso: cambios que no imaginábamos, caminos que se abrieron, heridas que comenzaron a sanar. Todos, de algún modo, podríamos detenernos un momento y dar testimonio de lo que Él ha hecho en nosotros. Y no solo de lo que ya vimos, sino también de lo que, con esperanza, sabemos que aún hará. Esa certeza es el comienzo de la fe.

Pero hay una fe que no se conforma con recordar ni con esperar. Es una fe que se enciende cada día, como un fuego que necesita ser avivado. No crece en la quietud ni en la indiferencia; crece cuando decidimos alimentarla, cuando elegimos creer aun en medio de la duda, cuando volvemos una y otra vez a confiar. Por eso, la invitación es constante: reavivar el don recibido, fortalecer el corazón, permanecer firmes aun cuando todo alrededor parezca inestable.

La fe activa es ese movimiento interior que nos impulsa a esperar algo nuevo, aun cuando no sepamos cómo llegará. Es una certeza silenciosa que susurra: “algo va a suceder”. No siempre es visible, no siempre se manifiesta en gestos extraordinarios. A veces habita en lo más íntimo del corazón, como una llama que arde sin hacer ruido, pero que transforma todo desde adentro.

Es la fe de quien se atreve a creer más allá de las circunstancias. Como aquella mujer que, después de años de sufrimiento, se acercó convencida de que un simple gesto —tocar el manto— podía cambiar su historia. Y la cambió. Porque la fe, cuando se pone en movimiento, abre puertas que parecían cerradas y transforma lo que parecía definitivo.

Esa misma fe es la que hoy nos invita a mirar nuestra propia vida con nuevos ojos. A preguntarnos, sin miedo, qué necesita ser transformado. A reconocer aquellas áreas que aún esperan un cambio, y a creer que ese cambio es posible. No por nuestras fuerzas, sino por la obra de Dios en nosotros.

La fe activa también trabaja en lo invisible: en nuestros pensamientos, en nuestras emociones, en nuestras decisiones más pequeñas. Es la que toma el lugar del miedo y lo reemplaza por confianza. La que transforma la dureza en sensibilidad. La que nos enseña a perdonar, incluso cuando parecía imposible. Poco a poco, va moldeando una nueva manera de vivir, más libre, más plena, más verdadera.

Pero esta fe no es pasiva. Nos mueve. Nos lleva a actuar, a comprometernos, a dar pasos concretos. A servir, a amar, a construir. Nos impulsa a salir de nosotros mismos y a llevar esperanza allí donde estamos. Porque la fe que ha sido encendida no puede quedarse guardada: necesita expresarse, necesita compartirse, necesita hacerse vida.

Y en ese camino, también hay esfuerzo. Hay decisiones que cuestan, renuncias que duelen, perseverancia que se pone a prueba. Conquistar una vida nueva implica caminar, caer y volver a levantarse. Pero cada paso vale la pena, porque en ese proceso descubrimos que no estamos solos. Dios mismo sostiene, fortalece y guía cada tramo del camino.

La fe activa es, en definitiva, un modo de vivir. No es un momento aislado, ni una emoción pasajera. Es una presencia constante que nos acompaña en lo cotidiano: en el trabajo, en la familia, en los desafíos de cada día. Es confiar en que Dios está obrando, incluso cuando no lo vemos. Es levantarse cada mañana con la certeza de que su gracia nos precede.

Tal vez hoy la invitación sea sencilla, pero profunda: no dejar que la fe se apague. No guardarla como un tesoro olvidado, sino mantenerla viva, encendida, en movimiento. Porque cuando la fe se vuelve activa, deja de ser una idea… y se convierte en una vida transformada.

 

https://www.youtube.com/watch?v=3oTnCaBzrQE