Evaluacion espiritual (el "VAR" espiritual)
Cuida tu vida, cuida al Espíritu Santo
Hay testimonios que nos conmueven porque nos recuerdan que Dios sigue actuando. No son relatos destinados únicamente a despertar admiración, sino llamados concretos a despertar nuestra fe.
Una familia vivió una situación límite. Una explosión inesperada dejó a un hombre gravemente herido. Todo parecía indicar que el desenlace sería doloroso. Sin embargo, mientras el miedo intentaba apoderarse de sus corazones, ellos eligieron otro camino: el de la oración.
No se entregaron a la desesperación. Se arrodillaron delante de Jesús, pidieron ayuda y comenzaron una batalla espiritual sostenida por la fe. Familiares, amigos y toda una comunidad intercedieron unidos. Las horas transcurrieron entre incertidumbre y esperanza, hasta que finalmente llegó la noticia esperada: el peligro había pasado. Contra todo pronóstico, las secuelas fueron mínimas. Lo que parecía imposible terminó convirtiéndose en un motivo de alabanza.
Los milagros no existen para alimentar nuestra curiosidad, sino para fortalecer nuestra confianza. Cada intervención de Dios nos recuerda que Él sigue presente, que continúa obrando y que nunca abandona a quienes ponen su esperanza en Él.
Pero la fe no se sostiene únicamente en los momentos extraordinarios. También necesita ser cultivada en la vida cotidiana.
Así como cuidamos nuestro cuerpo con controles médicos, buena alimentación o ejercicio; así como prestamos atención a nuestra apariencia o procuramos mantener sano nuestro hogar, existe un cuidado mucho más importante: el de nuestra vida interior.
Con frecuencia dedicamos mucho tiempo a lo que se ve y muy poco a aquello que sostiene todo lo demás. Sin embargo, es el corazón el que determina la dirección de nuestra existencia. Cuando el interior está sano, nuestras palabras, decisiones y acciones comienzan a reflejar esa salud espiritual.
Por eso resulta tan valioso detenerse de vez en cuando y hacerse una pregunta sincera:
¿Cómo está realmente mi vida?
No basta con mirar lo que hacemos. También debemos revisar lo que pensamos, lo que sentimos y aquello que permitimos permanecer en nuestro corazón.
Podríamos imaginar que nuestra vida espiritual dispone de un "VAR", como el utilizado en el fútbol. Ese sistema revisa una jugada y muestra con claridad aquello que el árbitro no alcanzó a ver. Muchas veces desearíamos tener algo parecido para descubrir dónde nos equivocamos.
Sin embargo, Dios nos ha dado mucho más que un sistema de revisión.
Nos ha regalado al Espíritu Santo.
Jesús prometió que no nos dejaría solos. Prometió enviar al Consolador, al Defensor, al Espíritu de la Verdad, que permanecería siempre con nosotros. Él no solamente señala aquello que debe cambiar. También fortalece, anima, consuela, corrige con amor y nos conduce nuevamente hacia el Padre.
Qué inmenso regalo es saber que el Espíritu Santo habita en nosotros.
Por eso, cuidar nuestra vida significa también cuidar la relación con Él.
Cada pensamiento alimentado con resentimiento, cada palabra pronunciada desde la ira, cada actitud nacida del orgullo o del miedo debilita esa comunión. No porque Dios se aleje de nosotros, sino porque somos nosotros quienes dejamos de percibir su voz con claridad.
En cambio, cuando buscamos vivir en su voluntad, algo comienza a transformarse silenciosamente.
El miedo pierde fuerza.
La desesperanza retrocede.
Las tentaciones dejan de gobernar nuestros pensamientos.
La paz ocupa el lugar de la ansiedad.
La esperanza reemplaza al desánimo.
Y el corazón vuelve a experimentar esa certeza difícil de explicar: si Dios está conmigo, todo estará bien.
No significa que desaparecerán las dificultades. La vida seguirá presentando tormentas. Habrá enfermedades, pérdidas, preocupaciones y momentos de incertidumbre. La diferencia es que ya no caminaremos solos.
El Espíritu Santo permanece junto a nosotros como el amigo fiel que nunca abandona, el defensor que sostiene nuestra fe cuando nuestras fuerzas parecen agotarse.
Por eso san Pablo exhorta: "No entristezcan al Espíritu Santo de Dios."
Entristecerlo no consiste únicamente en cometer grandes errores. También ocurre cuando elegimos vivir atrapados por la queja permanente, el resentimiento, el temor o la falta de confianza.
Cada vez que decidimos perdonar, confiar, esperar y amar, estamos cuidando la presencia de Dios en nuestra vida.
Y esa presencia transforma nuestro modo de vivir.
Quien permanece unido al Señor cambia la atmósfera allí donde llega. Lleva paz donde reina el conflicto. Lleva esperanza donde otros solo ven fracaso. Lleva fe donde todos hablan de imposibles. Se convierte en una luz silenciosa que ilumina sin necesidad de llamar la atención.
Ese es el fruto de una vida unida al Espíritu Santo.
No se trata de hacer cosas extraordinarias. Se trata de permanecer.
Permanecer en Cristo.
Permanecer en su amor.
Permanecer atentos a su voz.
Porque cuando Él permanece en nosotros y nosotros permanecemos en Él, todo comienza a dar fruto.
Quizá hoy sea un buen momento para detenerte unos minutos y revisar tu propio corazón.
¿Hay preocupaciones que ocupan el lugar de la confianza?
¿Hay enojos que todavía necesitan ser entregados?
¿Hay pensamientos que están apagando la esperanza?
El Espíritu Santo no espera una persona perfecta. Espera un corazón disponible.
Siempre es posible volver a empezar.
Como el hijo pródigo que decidió regresar a la casa del Padre.
Como la mujer sorprendida en su pecado que recibió una nueva oportunidad.
Como aquella familia que, en medio del dolor, decidió buscar primero a Dios.
Todos ellos comprendieron una verdad sencilla y profunda: el punto de partida siempre es una decisión.
Hoy esa decisión también está delante de nosotros.
Podemos elegir cuidar nuestra vida.
Podemos elegir cuidar nuestra relación con el Espíritu Santo.
Podemos comprometernos nuevamente con Dios, aunque eso implique renunciar a nuestros egoísmos, vencer la comodidad o morir a aquello que nos aleja de Él.
Porque toda verdadera transformación comienza allí: en un corazón que vuelve a decir, con sinceridad:
"Señor, que no se haga mi voluntad, sino la tuya."
Y cuando esa oración nace desde lo profundo del alma, Dios comienza a obrar una vez más.
No solo cambia las circunstancias.
Transforma la vida de quien decidió confiar en Él.
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