En el barro cenagoso (Sobre la angustia)
Del barro a la roca
Hay momentos en la vida en los que parece que todo está perdido. Las circunstancias nos convencen de que no hay salida, que el dolor tendrá la última palabra y que el futuro quedará marcado para siempre por aquello que hoy estamos viviendo. Sin embargo, la Palabra de Dios nos revela una verdad completamente distinta: nuestra situación presente nunca determina nuestro destino cuando nuestra vida está en las manos del Señor.
San Pablo lo expresa con una fuerza extraordinaria en la carta a los Efesios: Dios, rico en misericordia y movido por el inmenso amor con que nos ama, nos dio vida cuando estábamos muertos por el pecado. En Cristo no solo fuimos rescatados, sino también levantados para participar de su misma victoria. Allí donde el mundo veía derrota, Dios preparaba una resurrección.
Esta certeza cambia completamente la manera de mirar nuestra propia historia. Lo que hoy vivimos no es el final del camino. Dios tiene el poder de dar vida a lo que parecía muerto, de restaurar lo que parecía perdido y de abrir caminos donde nuestros ojos solo alcanzan a ver paredes.
Muchos hemos experimentado esa verdad. Todos podemos recordar situaciones en las que el Señor nos levantó cuando pensábamos que ya no era posible volver a empezar. Quizás fuimos rescatados de una enfermedad, de una crisis familiar, de una profunda tristeza, de una dependencia, del miedo o de la desesperanza. Cada historia es distinta, pero todas tienen el mismo protagonista: un Dios que nunca abandona a sus hijos.
Por eso el testimonio posee tanta fuerza. Cuando alguien cuenta lo que Dios hizo en su vida, no está hablando solamente de un recuerdo personal. Está anunciando que el mismo Dios continúa actuando hoy y que desea hacer en otros la misma obra de salvación.
Eso ocurrió con el paralítico que mendigaba en la puerta del templo. Pedro no tenía riquezas materiales para ofrecerle, pero poseía algo infinitamente más grande: la autoridad del nombre de Jesucristo. "No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo, levántate y camina". Aquellas palabras cambiaron una existencia entera.
Desde ese momento aquel hombre no pudo dejar de dar testimonio. Había experimentado una transformación demasiado profunda como para permanecer en silencio.
También nosotros estamos llamados a anunciar lo que Dios ha hecho. Nuestro mayor argumento no son los discursos, sino una vida transformada. El mundo necesita encontrarse con personas que puedan decir con sinceridad: "Yo estaba caído, pero el Señor me levantó".
El salmista describe esa experiencia con imágenes inolvidables:
"Me sacó de la fosa infernal, del barro cenagoso; afirmó mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos."
El barro representa esos lugares interiores donde el alma pierde toda fuerza para avanzar. Es una realidad que muchos conocen. El barro inmoviliza, desgasta y hace creer que cada intento será inútil. Quien cae allí siente que cada paso exige un esfuerzo inmenso y, con el paso del tiempo, incluso deja de desear salir.
Así actúan la amargura, el resentimiento, la culpa, el miedo y la desesperanza. Poco a poco paralizan el corazón hasta convencerlo de que nada podrá cambiar.
Muchos santos describieron esta experiencia espiritual. San Juan de la Cruz habló de la "noche oscura del alma", ese momento en el que todo parece silencio y abandono. Santo Tomás enseñó que la tristeza prolongada debilita tanto el cuerpo como el espíritu. No son simplemente estados de ánimo; son batallas profundas que afectan toda la persona.
Sin embargo, el Salmo no termina en el barro.
El Señor desciende hasta ese lugar para sacar a sus hijos y ponerlos sobre una roca firme.
Esa roca tiene un nombre: Jesucristo.
No solo nos rescata del pasado; también fortalece nuestros pasos para el futuro. La salvación no consiste únicamente en salir del pozo, sino en aprender una nueva manera de caminar.
Por eso es tan importante recordar de dónde nos sacó Dios.
Con frecuencia sucede que una persona busca intensamente al Señor mientras atraviesa una gran dificultad. Pero cuando el problema desaparece, comienza a olvidar la mano que la sostuvo. Poco a poco deja la oración, abandona la vida sacramental y vuelve a confiar únicamente en sus propias fuerzas.
Olvidar el rescate es el primer paso hacia una nueva caída.
Recordar, en cambio, fortalece la fe.
Cada vez que hacemos memoria de las maravillas que Dios realizó en nuestra vida, recuperamos la confianza para enfrentar los desafíos presentes.
Job comprendió esta verdad en medio de uno de los sufrimientos más grandes narrados en la Escritura. Lo perdió todo: bienes, salud e hijos. Sin embargo, llevó toda su amargura a la presencia de Dios. No escondió su dolor ni intentó aparentar fortaleza. Presentó su corazón tal como estaba.
Allí descubrimos una enseñanza fundamental.
La fe no consiste en negar el sufrimiento, sino en vivirlo delante de Dios.
Job pudo decir finalmente: "Yo sé que mi Redentor vive". Esa certeza sostuvo toda su existencia.
También nosotros podemos acercarnos al Señor con nuestras heridas, nuestras preguntas y nuestras lágrimas. Él no rechaza un corazón quebrantado. Por el contrario, comienza allí su obra de restauración.
Cristo no nos dejó solos para enfrentar esta batalla.
Nos regaló el Espíritu Santo.
Él es quien fortalece nuestras debilidades, ilumina nuestra inteligencia y nos recuerda constantemente las enseñanzas de Jesús. Cuando llegan las pruebas, el Espíritu trae a la memoria la Palabra adecuada para sostenernos.
Además, el Espíritu revela las profundidades de Dios y produce en nosotros frutos que el mundo jamás puede fabricar: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.
Todo ese tesoro ya habita en quienes viven unidos a Cristo.
Por eso la verdadera lucha muchas veces ocurre dentro de nosotros.
Existe una batalla permanente entre lo que sentimos y lo que creemos.
Nuestros sentimientos cambian constantemente. Una noticia puede llenarnos de alegría y, minutos después, otra situación puede sumirnos en la tristeza. Las emociones son reales, pero no siempre expresan la verdad.
David comprendía perfectamente esta lucha cuando escribía:
"Bendice, alma mía, al Señor."
No estaba describiendo un sentimiento espontáneo. Estaba hablándole a su propia alma. Le recordaba quién era Dios por encima de las circunstancias.
Nosotros también necesitamos aprender a dirigir nuestras emociones en lugar de dejarnos gobernar por ellas.
Si no corregimos nuestros pensamientos con la Palabra de Dios, terminarán ellos corrigiendo nuestra manera de vivir.
El miedo alimenta más miedo.
La desesperanza genera más desesperanza.
Pero la fe fortalece la fe.
Cuando el creyente recuerda las promesas de Dios, encuentra nuevamente estabilidad.
Por eso la identidad resulta tan importante.
San Pablo dedica los primeros capítulos de la carta a los Efesios a recordar quiénes somos en Cristo.
Somos hijos adoptivos.
Somos perdonados.
Somos elegidos.
Somos bendecidos.
Somos herederos.
Somos salvados por pura gracia.
Cuando olvidamos esta identidad comenzamos a creer las mentiras del enemigo: que no valemos nada, que nuestro pasado nos define o que ya no hay esperanza para nosotros.
Pero ninguna de esas voces tiene autoridad sobre quien pertenece a Cristo.
Nuestra dignidad no depende de nuestros logros ni de nuestros fracasos. Descansa únicamente en el amor con que Dios nos ha amado.
Por eso también debemos agradecer a las personas que el Señor puso en nuestro camino.
Muchos no habríamos salido del barro sin la ayuda de hermanos en la fe que nos sostuvieron cuando nuestras fuerzas ya no alcanzaban. Dios suele extender su mano a través de otros creyentes que oran, acompañan, animan y permanecen cerca en los momentos difíciles.
La vida cristiana nunca fue pensada para vivirse en soledad.
Permanecer firmes exige cultivar diariamente la relación con Dios. La oración, la lectura de la Palabra, los sacramentos y el examen sincero del corazón son los medios por los cuales el Señor afirma nuestros pasos sobre la roca.
No basta con un entusiasmo ocasional.
La fe necesita ser alimentada todos los días.
San Pablo pudo afirmar al final de su vida: "He peleado el buen combate, he terminado la carrera y he conservado la fe".
Ese debería ser también nuestro deseo.
No solo comenzar bien, sino perseverar hasta el final.
La fe no puede quedar reducida a una emoción pasajera. Debe convertirse en una forma concreta de vivir.
Cada decisión cotidiana puede expresar nuestra confianza en Dios.
Cada acto de perdón.
Cada gesto de servicio.
Cada momento de oración.
Cada palabra de esperanza.
Allí se manifiesta una fe auténtica.
Finalmente, el Señor nos recuerda cuál es nuestro verdadero lugar.
No pertenecemos al barro.
No pertenecemos al miedo.
No pertenecemos a la derrota.
Nuestro lugar está sobre la roca firme que es Cristo.
Desde allí caminamos con seguridad, no porque seamos fuertes, sino porque Él sostiene nuestros pasos.
Cuando permanecemos unidos al Señor descubrimos que ninguna herida tiene la última palabra, que ningún fracaso puede definir nuestra historia y que ninguna oscuridad es más grande que la luz de Cristo.
El Dios que un día nos sacó del barro continúa afirmando nuestros pies cada mañana.
Y mientras permanezcamos junto a Él, podremos caminar con esperanza, dar testimonio de su amor y vivir con la certeza de que quien comenzó en nosotros esta obra buena será fiel para llevarla hasta su plenitud.