Publicado en PREDICAS
Jueves, 30 de Abril del 2026

Cerca de Jesús, con fe.

Había una vez una escena que, aunque ocurrió hace siglos, sigue latiendo con fuerza en el corazón del presente. Jesús caminaba entre la gente, como tantas otras veces, llevando en su paso una mezcla de cercanía y misterio. Había terminado de hablar al pueblo y se dirigía a Cafarnaúm, cuando una súplica comenzó a abrirse paso hasta Él.

Un centurión romano, hombre de autoridad, respetado y reconocido, tenía a su siervo gravemente enfermo. No era un hombre indiferente; amaba a su gente, había sido generoso con el pueblo y había construido incluso una sinagoga. Tenía poder, prestigio, influencia. Y sin embargo, en lo más profundo de su interior, habitaba una sensación silenciosa: no se sentía digno.

No se acercó personalmente a Jesús. Envió primero a otros, luego a sus amigos. Y cuando Jesús se aproximaba, mandó decirle: “Señor, no te molestes. No soy digno de que entres bajo mi techo. Basta con que digas una palabra, y mi siervo sanará”.

Aquellas palabras detuvieron el tiempo. Jesús se maravilló. No era común que Él se sorprendiera, pero aquella fe lo conmovió. Una fe capaz de confiar sin ver, de creer sin tocar, de esperar sin exigir presencia. Una fe inmensa… pero distante.

Y allí aparece una verdad que muchas veces también nos habita: se puede tener fe, pero vivir lejos. Se puede creer en el poder de Dios, pero no animarse a acercarse a Él. Como si algo dentro nuestro susurrara constantemente: “No sos digno”.

Esa voz, que tantas veces confundimos con verdad, no es más que una sombra. Es la herida que nos hace creer que nuestro valor depende de lo que hicimos, de nuestros errores, de nuestras caídas. Pero hay algo que necesitamos recordar: una cosa es lo que hacemos, y otra muy distinta es lo que somos.

No somos nuestro pecado. No somos nuestras debilidades. No somos nuestras caídas.

Dios no mira como nosotros miramos. Mientras el hombre mide, compara y juzga, Dios ve el corazón que quiere volver. Como el padre del hijo pródigo, que no esperó explicaciones ni justificativos, sino que corrió a abrazar a su hijo apenas lo vio regresar.

Sin embargo, hay otro riesgo que también acecha: estar cerca, pero sin fe. Permanecer en lo religioso, en las prácticas, en la rutina, pero con el corazón endurecido, dudando, sin creer verdaderamente que Dios puede obrar.

Entonces la vida espiritual se vuelve un hábito vacío. Se reza, pero no se espera. Se escucha, pero no se recibe. Se está… pero no se cree.

Y Jesús, frente a esa incredulidad, hace una pregunta que atraviesa el tiempo:
“¿Cómo que si puedo? Todo es posible para el que cree”.

La medida del milagro no está en el poder de Dios —que es infinito—, sino en la apertura del corazón humano. La fe no es una emoción pasajera, es una decisión profunda de confiar.

Pero esa fe necesita alimento. Crece en el silencio, en la oración, en la Palabra. Se fortalece cuando uno se detiene, cuando escucha, cuando busca. No se trata solo de pedir, sino de dejarse transformar.

Porque el encuentro con Jesús nunca es estéril. Cuando Él entra en la vida, algo cambia. Aunque no siempre sea inmediato o visible, como el sol que parece no hacer nada y, sin embargo, transforma la piel, así también su presencia obra en lo profundo.

Por eso, la invitación es clara y urgente: no te quedes a distancia. No te escondas detrás de la excusa de la indignidad. No vivas una fe sin cercanía, ni una cercanía sin fe.

Acercate.

Buscalo en lo cotidiano, en el silencio de la madrugada, en la sencillez de una oración sincera. No hace falta mucho, solo un corazón disponible.

Porque Él sigue siendo el mismo.
El que sana, el que levanta, el que restaura.
El que llama por tu nombre y te espera sin reproches.

Y cuando finalmente te animás a estar cerca, descubrís que no eras vos el que lo buscaba primero…
sino Él quien, desde siempre, venía caminando hacia vos.

 

https://youtu.be/1coCA5a0JQc